miércoles, 9 de febrero de 2022

Una reseña de «Diario del dinero» de Rosario Bléfari

El diario del dinero es el último libro de Rosario Bléfari, publicado por la editorial Mansalva durante el 2020. «Voy a la librería para hablar por la publicación de este diario» apunta Rosario en la entrada de la página 174 que da fin al libro. Fue el martes 28 de mayo de 2019. El diario del dinero se terminó de imprimir en Buenos Aires el 21 de abril de 2020. Rosario Bléfari falleció en La Pampa el 6 de julio del mismo año.

La característica encantadora y desconcertante de este diario es que las fechas aparecen desordenadas según la cronología tradicional. El libro empieza con una entrada del jueves 26 de marzo de 2015 y la siguiente es del domingo 15 de marzo de 1992. En la próxima hoja, como si nada, vuelve al futuro: esta vez, al 2012. En el 2019, Lucrecia Martel decía - en una charla en el festival VECINE - que la idea de la flecha del tiempo está asociada a la tradición cultural de que el futuro está delante; y que esto tiene más que ver con un fin económico y religioso, a que con cómo viven las personas en realidad. «¿Cómo funciona el tiempo de la emoción del cuerpo?» se pregunta Martel y pone este ejemplo: si quiero acordarme ahora de cuando tenía 14 años, no voy desde mi edad actual año por año para atrás, sino que la emoción va directo hacia un recuerdo del pasado. De igual manera, se puede pensar el movimiento de la emoción que conecta a un deseo futuro. La emoción no transcurre de forma cronológica. ¿Cómo trasladar estos movimientos, propios de la vivencia humana, a la escritura? Pareciera ser algo como lo que hizo Rosario Bléfari al publicar este diario, moviéndose desordenadamente por los años de su vida, rompiendo la línea temporal que se espera por costumbre.

Las entradas más antiguas son de 1983. Las últimas, de 2019 (el mismo año que la charla de Lucrecia Martel). Pero hay también breves pasajes de orden cronológico en donde por algún lapso de tiempo vivimos el día a día junto a Rosario: la cotidianidad en el rodaje de una película, una semana cualquiera en Buenos Aires en donde se pasa de la frustración a un día espléndido, los días previos a un viaje en plena juventud, una semana en el hospital durante la internación de su padre, días de ir a comprar al supermercado y un feriado en el medio sin salir y sin gastar nada, la primera semana de un año. Y con relación al espacio, este diario tiene relatos escritos desde Buenos Aires, La Pampa, Santiago de Chile, Bariloche, Bahía Blanca, Mar del Plata, Madrid, Punta del Este, Miami, Zaragoza, Rosario, La Plata, Montevideo. También está escrito desde la casa, desde los bares, los aeropuertos, los trenes, y los hoteles.

En lugar de una libreta con listas y números, el diario del dinero de Rosario Bléfari está escrito en prosa. En la entrada del lunes 30 de abril de 2018, Rosario escribe: «aunque esté anotando todo, no hago ninguna cuenta, no armo operaciones y pronósticos, anoto para hacer algo, para ver si se puede escribir en vez de hacer cuentas». Entonces en este diario hay también poesías, «cosas que no sucedieron», relatos de sueños, chats, pensamientos del día a día, charlas por mail, una entrada del diario de la convalecencia propia, fragmentos de un diario hormonal. El dinero es el factor que une a todos estos relatos en el tiempo. Rosario escribió para la contratapa: «esa aparición del dinero en medio de todas las experiencias de la amistad, de la familia, del amor, de la música, del cine y de la escritura misma, acompañando el agobio y el alivio de los trabajos y los días».

Algunas cuestiones que aparecen con adorable insistencia son la música, la maternidad, los viajes, el cine, el hogar, los sueños, la amistad, el proceso de los cuentos y las canciones, las personas que se encuentran con otras, la danza, los bares, el trabajo, la lluvia, el comienzo en el teatro, el deseo constante. Una sensación de la página 45: «mucho para hoy, nada para ayer». Una pregunta de la página 156: «¿cuándo comienza el pasado?». Un fragmento de una de mis entradas preferidas: «me aburre hablar de títulos, de colecciones, de nombres y decir buenísimo, buenísimo. Alguien con quien entenderse o abrir el conocimiento poético. Eso me gusta. No el intercambio de figuritas. No me acuerdo nombres para hacerlo y lo siento tan estéril. Otra cosa que me gusta es escuchar historias, pero comentar qué bueno esto, qué bueno lo otro, me aburre sobremanera». Fue escrito en septiembre de 1999. No dice de qué día.

Este libro deja una enseñanza poderosa: escribir un diario es una herramienta para narrar nuestra vida. Hoy es miércoles 9 de febrero de 2022.




domingo, 6 de febrero de 2022

miércoles 2/2/2022


Ya es febrero. Hace algunos días que no escribo. No escribí nada en lo que fue mi despedida de San Marcos: solo quería estar en el río. Ahora estoy en Rosario, sentada en la mesa de un bar. Tomo un café con leche con medialunas mientras suenan los Redondos. "Con las piernas más bonitas, las más lindas piernas que vi..." Son las 12.43. El tren sale 21.30. La única opción para salir a pasear es dejar las cosas en el locker que está en los baños, no cobran tan caro. La otra opción es irme directo a la estación de tren y esperar ahí, leyendo y escribiendo. Voy por la mitad, más o menos, del libro de Marguerite Duras. No es una mala idea terminarlo. Estoy un poco cansada y no tengo ganas de girar mucho. No cansada mal, pero con ganas de estar tranquila, con el cuerpo en reposo. Me llegan por WhatsApp los flyers del evento del 18 de febrero en el que voy a leer. Tengo que preparar lo mío, que esté bueno. El celular tiene de carga 21%, me gustaría quedarme hasta que se complete, para despreocuparme. Si salgo del bar tipo 14 hs, ya me voy directo a la estación de tren. La semana pasada, cuando estuve un día acá, recorrí bastante. Caminé las calles del centro, fui al monumento de la bandera, al río, me compré un sanguche vegetariano en un puesto, tomé café con leche con medialunas en un bar, conocí árboles amarillos hermosísimos y altos, descubrí un videoclub con una frase de Fellini en la puerta, me subí a un colectivo, dormí en una plaza, pasé por otra llena de caca de paloma y confirmé que el del bar tenía razón cuando me lo dijo y yo había pensado que no podía ser para tanto, caminé por la peatonal, me robé una gaseosa vencida de la puerta de un kiosko, caminé desde la estación de tren hasta el centro mientras amanecía, vi un mural pequeño en una pared de dos osos celestes abrazándose que decía "abrazo de oso" y le saqué una foto que fue mi primera foto del viaje, me compré un agua en el estado de deshidratación quizás más grande de mi vida, pegué stickers, hablé con una mujer en un colectivo y me contó que quería viajar a San Clemente para ir a Mundo Marino, cargué el celular en la estación de tren, me saqué una selfie con un monumento de Belgrano, conocí un mural impresionantemente enorme de San Martín, toqué la guitarra en la costanera; me faltó ir a un museo. Hoy voy a conocer Rosario desde esta mesita de bar en la que siguen sonando los Redondos, desde la terminal de micros mirando a la gente, desde el trayecto que me lleve a la estación de tren, desde la estación de tren. "Saliste ya mil veces de la pista a respirar..."

jueves, 27 de enero de 2022

jueves 27/1/2022

Me siento un poco depre, nostálgica, rara. No es la misma sensación que días anteriores. Por ejemplo, ayer fui feliz a la hora que salí del patio del hostel. Hoy, siento que es tarde. Quizás este sea el comienzo de mi diario hormonal. Como me indispuse el 1 de enero (inolvidable) cuento que estoy en el día 27; es decir, me debería venir mañana. Contemplo este estado, lo registro, mi ánimo en el día previo. El clima está como más me gusta: fresco, con un viento muy suave, extremadamente suave, tan suave que decir 《extremadamente》 lo endurece. Tengo puesto el sweater rojo que es como de felpita, debajo el vestido de flores (el cruzadito), un jean, medias cortitas (que le robé a W.) y los borcegos. Y una chalina negra en el cuello que me envuelve lo justo, es la chalina de Delfi, por eso es tan delicada. Creo que su perfume ya se fue del todo, pero huele bien, tiene como el rejunte de muchos perfumes, y un olor de feria americana que lo endulza, es suave como el viento de este patio.

Ahora acá fuera, además de mí, hay cuatro personas más. Dos están juntas en el deck de madera. Son una pareja del Chaco. Los dos tocan la guitarra y cantan, ahora lo está haciendo ella. La escucho más intensamente con mi oído izquierdo, está por detrás, quizás a diez metros. Por delante de mí, si levanto la vista, lo veo a Dante. Él es el encargado del hostel. Está leyendo un libro con los pies sobre la mesa, las piernas estiradas. Sobre la mesa, el mate y la miel. La mesa, las sillas y el banco donde está sentado Dante están sobre un puente de madera roja. Por debajo del puente está el canal de un río, pero no hay agua. Me cae bien Dante; escuché que lee poesía, camina solo a los miradores que están lejos y se acuesta en los bancos de plaza (anoche me lo crucé, yo buscaba la calle Libertad y él escuchaba algo en el celular acostado en el banco, me costó reconocerlo por el ángulo que tenía su cara). Él debe estar a treinta metros, supongo. Más cerca, hacia mi derecha, estaba la bailarina cordobesa en la cama paraguaya. No estaba acostada, tenía la posición en que se inclina el cuerpo como en un micro semi cama. Ahora ya no está, se fue cuando yo escribía lo del puente. Pero mientras estuvo, hizo unos ruidos como si llorara. La pareja del Chaco tampoco sigue tocando la guitarra. La-pareja-de-AnayFede pasó y, de repente, "pero qué linda guitarra", "ah sí, es de viaje", "qué bien que suena, che". Dante sigue leyendo, ahora bajó las piernas al piso y subraya cosas, el cuerpo inclinado hacia el libro, concentrado. Yo sigo escribiendo. Mi ánimo mejoró bastante.

sábado, 22 de enero de 2022

sábado 22/1/2022

Cantar bajo, cantar siempre más o menos, ni fu ni fa, para zafar, para pasar el momento, para que termine pronto, para dejar de tener terror. Todo eso, que parece horrible y lo que cualquier ser humano evitaría, es también una manera de no enfrentar el abismo de encontrarse haciendo lo que uno quiere ser. Si persiste la pregunta de: ¿puedo hacer esto?, no aparece otra posible. Lo que percibo ahora es una instancia de preguntarme para qué hago todo esto que hago, y esa es otra pregunta, diferente. Como si fueran los niveles de un juego, pasé al nivel 2. Pero como nada es lineal, no está respondida la pregunta del nivel 1. Es un momento en donde coexisten al menos dos interrogantes. Escribo y me pregunto ahora para qué, para quién, por qué. Por ejemplo, ahora mismo me encantaría leer un libro sobre este momento atravesado por otra persona. Un artista que yo admire su obra, leer cuál es la pregunta o el sentido que lo lleva a hacerla. Las preguntas sobre el arte y lo comercial llegan cuando creo de verdad que se relacionan y no las respondo desde afuera, descreída, desesperanzada. Primero, escribo porque escribo. Paro de escribir y pienso, es la primera vez que me llama tanto este doblaje de lo que pienso y lo que escribo. Como si fueran dos personas, cuando pienso digo, cuando leo escucho. Yo hablando con yo. No «de mí». Soy un poco más consciente de la mentira. Hace varios días no abro el archivo del libro. ¿Quizá semanas? No sé si es solo dejarlo descansar y no atosigarlo, o si es abandono lo que estoy haciendo. Se abandonan cosas, se abandonan personas, se abandona una emoción. Todo se trata del abandono para mí. Necesito tiempo para metaforizarlo, que se convierta en algo que invente una realidad nueva. La pregunta de qué es lo que escribo... ¿Escribo desde un lugar lastimado? Como si fuera este lugar curado cuando estoy escribiendo, obviamente algo de mí sale siempre. Nuestros personajes están mezclados con nosotros, los escribimos nosotros, no podemos evitarlo. Qué pasaría si en el futuro (quizás ya está sucediendo y yo no lo sé) hubiera máquinas que escribieran poemas combinando letras, palabras, espacios, signos de puntuación. ¿Sería la única manera de tener una literatura con personajes independientes? No me interesa tampoco, no la consumiría (habría que ver si se transforma en la única opción para leer) Quien escribe no solamente es parte de la carne del personaje, sino también que al leerlo en esa intimidad (que solo es posible cuando el yo lee al yo) se transforma en su fiel espectadora. Me mareé y me voy a otro tema, porque no es mi intención ahora releer y corregir formas de expresar ideas. Hay veces que la escritura es confusa igual que el pensamiento y está bien que así sea. Existe una búsqueda de formalidad en la escritura, separándola del pensamiento que es sucio, imperfecto. ¿Por qué la escritura tiene que ser pulcra? ¿Por qué es un arte? Tuve que salir corriendo cuando escuché el ruido, me colgué escribiendo y se evaporó todo el agua de la sartén que calentaba a baño maría un recipiente de plástico lleno de cera. Llegué a salvar la sartén tirándole agua muy rápido, y con lo que había de cera caliente me pude depilar la cara. Al entrecejo llegué con lo último, un poco de cera tibia que estaba al fondo, y tuve que hacer una maniobra con el palito y girando la mano en el aire (por como había quedado el lado del palito que tenía la cera en relación a mi cara) pincelé mi entrecejo con un movimiento tan exacto que sonreí. El nivel de precisión que necesito, además, es mayor al de una ceja común por el remolino que tengo del lado derecho. Desde chica aprendí que era muy importante saber cómo depilarlo, porque una puede seguir de largo sacando pelos para darle forma al remolino y cortarlo demasiado, se achica considerablemente la ceja, y queda una mucho más larga que la otra. Mi mamá me dijo que había depiladoras que sabían y depiladoras que no. Cada vez que iba a una nueva peluquería, lo primero era tratar de descifrar en la cara de la depiladora si sabría dejar bien el remolino de mi ceja. En los momentos en que me sentí desconfiada o no lo podía resolver mentalmente, directamente les pregunté. Si sabían cómo depilar el remolino de mi ceja. O mencionaba su existencia, como al pasar, aunque estuviera completamente premeditado. Cuando una se depila solo la cara en una peluquería, puede variar la posición entre estar sentada o acostada, depende de cada persona cómo prefiera hacerlo. De todas maneras, el momento de mirarse en el espejo es el mismo. Mirar cómo quedó el remolino. Tantas veces pasé por eso, realmente imposible contarlas, y tuve siempre distintos resultados; algunos mejores, otros peores, otros me han hecho llorar, algunos han sido grandes decepciones. Algunas veces, me fui emocionada pensando que había encontrado a la mejor de todas, mi cómplice de la ceja, la que entendía a la perfección cómo hacerlo, y salí con tarjetas y con deseos de volver a las dos o tres semanas, preguntar por alguna de ellas, decir su nombre, y esperar sabiendo que todo va a estar bien. Desde que aprendí a hacerlo sola, no solo conseguí una gran independencia sobre este tema, sino también fui aprendiendo el arte, el oficio; cómo hacerlo cada vez mejor, me esmeré en que sea lindo y cuidado. Porque primero me animé solo al entrecejo, sin la parte de abajo y arriba de las cejas. Ese nivel duró varios años, fue un gran paso, pero me siguió obligando a ir a peluquerías, cuando la ceja tan crecida (sobre todo abajo) me empezaba a opacar la cara y el ánimo. Al entrecejo le descubrí bastante rápido el truco de cómo depilarlo, quizás la cantidad de años que fue un problema dependiendo de otros me hizo aprenderlo con rapidez y efectividad. Alguna que otra vez me saqué de más, pero después volvió a crecer, todos son gajes del oficio y la existencia. Lo que más tardé en asimilar fue la parte de abajo de las cejas. Todavía hay veces que me genera un poco de nerviosismo. Tengo la ceja ancha, heredada de mi abuela. Según recuerdo, ella la heredó de su padre. La ceja ancha pide a gritos una forma, cualquiera, pero alguna. Dejarla crecer como ella quiera es una opción, pero no la que yo aprendí a desear. La ceja ancha pero con forma, con una curvita precisa, en la cual también hay que saber dónde parar. A veces me paso y hago algún desastre sin querer, por calcular mal, porque algo se puede chorrear; por suerte, ocurre cada vez menos. Desde hace algunos años ya me puedo depilar toda la ceja sola. Es un aprendizaje importante. Cuando me veo la cara con la forma que yo quiero, la que a mí me gusta, y que hice yo yendo y viniendo de la cocina al baño, escuchando música, concentrada, como algo importante, como una obra... me genera una sensación de gran placer, de disfrute físico. Algo que tarda años en aprenderse, años en confiar que una lo puede hacer. Antes estaba escribiendo sobre otra cosa, pero pasó en el medio lo de la cera y, cuando volví a la computadora, cambié lo que escribía como también cambié lo que estaba pensando. Otra vez soy yo.

Una reseña de «Diario del dinero» de Rosario Bléfari

El diario del dinero es el último libro de Rosario Bléfari, publicado por la editorial Mansalva durante el 2020. « Voy a la librería para ha...